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Estudio detalló el perfil del cuidado no remunerado en Chile: Familiar, persistente y feminizado

Estudio detalló el perfil del cuidado no remunerado en Chile: Familiar, persistente y feminizado
Pexels / Jsme MILA

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Tiempo de lectura: 4 minutos El Instituto Milenio Micare siguió por tres años a quienes desempeñan esta tarea: en su gran mayoría, mujeres con trayectorias laborales tensionadas o frustradas por el alto nivel de tiempo que les exige.

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El cuidado no remunerado recae en Chile «mayoritariamente en mujeres de edades medias, con niveles educacionales secundarios y trayectorias laborales tensionadas» por la gran exigencia de tiempo que les demanda.

Así lo indica un estudio del Instituto Milenio para la Investigación del Cuidado (Micare) que perfiló, a lo largo de tres años (2023-2025), a quienes se dedican a esta tarea poco reconocida socialmente, pero que representa, junto con el trabajo doméstico, el 19,2% del PIB Ampliado de Chile, según el Ministerio de Hacienda.

Bajo una «lógica propia de panel longitudinal», Micare completó una muestra de 457 individuos: 232 cuidadores de personas mayores en situación de dependencia (PMD) y 225 de personas con discapacidad intelectual y del desarrollo (DID). Concluyó que ambos grupos «comparten el mismo telón de fondo: cuidado familiar, persistente y feminizado».

Mujeres cuidadoras

La investigación estableció una «persistente feminización del cuidado»: para personas mayores dependientes, el 76% de las cuidadoras son mujeres y el 23,7% son hombres.

En el cuidado de personas con DID (síndrome de Down, autismo, entre otras patologías), los números son aún más pronunciados: el 93% de la muestra corresponde a mujeres, y sólo el 6,7% a hombres.

 

Ambos grupos reflejan una concentración en edades medias de la vida (40 a 59 años, aunque «no es menor la proporción de cuidadores que están envejeciendo»); niveles educacionales medios y una «creciente desvinculación del mercado laboral, especialmente en el caso del cuidado de PMD».

El 61,6% de los cuidadores de adultos mayores dependientes está inactivo laboralmente, y dentro de este grupo, el 83,9% son mujeres.

 

De los cuidadores de personas con discapacidad intelectual, el 55,6% está sin trabajo remunerado, y 96,8% de estos son mujeres. 

 

«Se trata de un perfil que combina permanencia en el rol de cuidado con trayectorias laborales cada vez más tensionadas por esta responsabilidad», enfatiza el estudio. Esta precariedad económica coexiste con «problemas físicos y psicológicos, e incremento de sentimientos de soledad y culpa» por sentirse incapaz para la tarea, y experimentar «falta de paciencia con la persona mayor».

Ambos grupos muestran características similares, pero el cuidado de ancianos «presenta una trayectoria marcada por el aumento de la complejidad y la intensificación de las tareas, asociada al deterioro progresivo de la persona mayor y a la creciente medicalización del cuidado domiciliario», consigna.

Entornos familiares

Más del 90% de los participantes en el estudio declaró dedicarse al cuidado «todos los días», con jornadas promedio de 15 a 16 horas.

 

«El seguimiento muestra altos niveles de convivencia entre cuidador/a y persona cuidada», e incluso creciente: sólo en el periodo estudiado, para los casos de las personas mayores, la corresidencia aumentó 16,4 puntos, llegando 91%, «fenómeno coherente con el aumento en la dependencia funcional». Entre cuidadores DID, 8,4% comenzó a convivir entre 2023 y 2025, hasta llegar a 89,8%.

La mayoría de los cuidadores de adultos mayores son hijas o hijos (58,2%), por delante de cónyuges o parejas (19,4%). En el cuidado de personas con DID, 68% son madres o padres, y en este grupo, el 94,8% corresponde a mujeres.

Baja disposición a delegar

La investigación consigna que, pese a las dificultades descritas, «la disposición a delegar permanentemente es baja (menos de 15%), confirmando la centralidad del cuidado familiar».

De hecho, puestos en un escenario hipotético de eventuales problemas graves de salud propios, más del 50% de los cuidadores PMD preferiría ser cuidado por un familiar y no por un cuidador remunerado (22,4%), o ser institucionalizado (19,4%). Entre cuidadores DID, el 65% querría ser cuidado por su familia; 15,1% por una persona remunerada y 11,1% ingresada a una institución de cuidados.

Más allá de los reconocimientos simbólicos

Claudia Miranda, directora de Micare, dice que los resultados de esta investigación subrayan «la urgencia de reforzar la oferta programática en ámbitos como cuidados domiciliarios, centros diurnos, apoyos comunitarios y respiro», afinando, además, «los criterios de priorización, de gradualidad y focalización en la implementación del Sistema Nacional de Cuidados» impulsado desde el Gobierno de Gabriel Boric.

«Al mostrar cómo el cuidado incide en la inactividad laboral, la salud física y mental y la soledad, el estudio ofrece evidencia robusta para (…) medidas y acciones que no se limiten a un reconocimiento simbólico, sino que se traduzcan en derechos efectivos, beneficios concretos y condiciones materiales que hagan sostenible el cuidado en el tiempo», enfatiza Miranda.


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