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Estudio muestra el rol de insectos nativos y el «pololo chileno» en manzanas y cerezas

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Tiempo de lectura: 2 minutos Una investigación en la zona central de Chile demostró que la presencia de vegetación natural y polinizadores silvestres, como escarabajos y moscas, aumenta la calidad de la fruta en huertos comerciales.

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En el corazón de la zona central de Chile, un proceso define el éxito de las exportaciones frutícolas: la polinización. Aunque tradicionalmente se asocia este servicio ecosistémico casi exclusivamente a las abejas mielíferas, un reciente estudio científico pone el foco en los «héroes anónimos» del campo chileno. La investigación revela que los insectos silvestres y los remanentes de bosque nativo son piezas fundamentales para mejorar la producción y el calibre de manzanas y cerezas.

El estudio, publicado en la revista Agriculture, Ecosystems & Environment, fue liderado por la Dra. Camila García, investigadora del Centro Ceres y doctora en Ciencias Agroalimentarias de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV). Tras analizar 36 huertos comerciales, el equipo comparó predios inmersos en paisajes de agricultura intensiva frente a aquellos rodeados de vegetación natural, obteniendo resultados contundentes: la biodiversidad paga con mejores frutos.

Uno de los hallazgos de la investigación fue el rol de los coleópteros. Mientras que en Europa las moscas y abejas dominan la conversación sobre polinización, en los agroecosistemas mediterráneos de Chile los escarabajos de la familia Melyridae, conocidos popularmente como «pololo chileno», resultaron ser actores protagónicos.

El rol del «pololo chileno» como polinizador

«Lo que realmente nos sorprendió fue el rol de los escarabajos, que no suelen ser considerados polinizadores importantes en Europa», explica la Dra. García. Estos insectos poseen vellosidades en sus cuerpos capaces de transportar polen de manera eficiente mientras visitan las flores de cerezos y manzanos.

Según la investigadora, la presencia de estas especies nativas está directamente vinculada a la cercanía con el bosque esclerófilo. Los huertos que mantienen estos remanentes naturales no solo registran una mayor diversidad de insectos, sino que producen frutas con un peso superior, gracias a una polinización más robusta y a los microclimas que la vegetación nativa genera, regulando la humedad y la temperatura.

El «efecto borde» y el desafío de los 70 metros

El estudio también identificó una limitante física para estos beneficios: la distancia. Los investigadores observaron el denominado «efecto borde», donde la mayor actividad de los polinizadores nativos se concentra en los primeros metros desde el límite del bosque hacia el interior del cultivo. Al superar los 70 metros de distancia desde el hábitat natural, la presencia de estos insectos disminuye notablemente.

Para combatir esta brecha, la Dra. García propone estrategias concretas de intensificación ecológica. «Hay múltiples cambios que pueden realizar los agricultores para extender el beneficio de los bordes hacia el interior de los huertos», señala.

Entre las recomendaciones destacan la instalación de bandas florales, es decir, franjas de flores entre las hileras de frutales. Por otra parte, la creación de pequeños núcleos de plantas nativas cada 70 metros para actuar como «estaciones de servicio» para los insectos. Asimismo, la se recomienda la implementación de barreras con especies como el Quillay y arbustos típicos del bosque esclerófilo en los límites de los predios.

La investigación concluye que, para asegurar una producción estable y de alta calidad en el tiempo, los productores de cerezas deberían aspirar a mantener al menos un 35% de hábitat natural alrededor de sus huertos, una cifra que debería ser incluso mayor en el caso de la manzana.


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