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Muestras de hace más de 60 años permitieron descubrir una nueva especie de flor en las montañas de Coquimbo

Muestras de hace más de 60 años permitieron descubrir una nueva especie de flor en las montañas de Coquimbo

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Tiempo de lectura: 3 minutos Un equipo de investigadores logró describir la «Grausa lutea», una planta de flores amarillas que permaneció «oculta» en las colecciones botánicas de la Universidad de Concepción.

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A veces, los descubrimientos científicos más sorprendentes pueden encontrarse en los estantes de un herbario. Ese es el caso de la Grausa lutea, una nueva especie de planta hallada en la cordillera de la Región de Coquimbo. Lo asombroso de este hallazgo es que su «primera pista» no fue encontrada en un cerro, sino en muestras recolectadas hace más de seis décadas que permitieron a un grupo de científicos rastrear su existencia.

El equipo, integrado por botánicos de la Universidad Católica (PUC) y la Universidad de Chile, junto a especialistas internacionales, describió formalmente a esta integrante de la familia Loasaceae. Se trata de una hierba de apenas 10 centímetros que habita sobre los 3.000 metros de altura, protegida por las rocas de los Andes áridos de Chile y Argentina.

La historia de la Grausa lutea comenzó en el Herbario de la Universidad de Concepción. Allí, el equipo se encontró con una inconsistencia en ejemplares colectados entre 1963 y 1965 por el botánico ovallino Carlos Jiles. «Las muestras estaban identificadas como Grausa lateritia, una especie que crece casi 400 kilómetros más al sur, en la Cordillera de los Andes entre O’Higgins y Ñuble. Nos llamó la atención que se indicaba en el ejemplar de herbario que las flores eran amarillas y de pétalos agudos, muy diferentes a los pétalos de color rojo y anchos de Grausa lateritia«, explica a Cooperativa Ciencia el botánico y candidato a doctor en Ciencias Biológicas, Nicolás Lavandero.

Este registro histórico fue el mapa que guio a los científicos hacia la cordillera de Combarbalá. Gracias a que Carlos Jiles no solo donó sus 10.000 ejemplares, sino también sus libretas de terreno, los investigadores pudieron reconstruir una expedición de hace 60 años. Aunque las indicaciones eran vagas —como «Laguna Pancho Tapia», un lugar ausente en los mapas oficiales—, la meticulosidad del registro de Jiles permitió acotar la búsqueda en una de las zonas más recónditas de la alta montaña chilena.

El rescate de una especie «En Peligro»

Para validar el hallazgo, el equipo debió localizar la planta en su hábitat natural. Esta «búsqueda del tesoro» botánico requirió la ayuda de José María Bruna, un arriero de la zona de Ramadilla que conocía los nombres ancestrales de los portezuelos mencionados por Jiles en sus notas. A caballo y bajo las duras condiciones de la alta cordillera, la expedición logró dar con la población de flores amarillas que Jiles había visto por última vez en los años 60.

«Con al experiencia de don José, pudimos llegar sin problemas a los lugares indicados, pero nos encontramos con un paisaje probablemente muy diferente al que había hace 60 años«, señala Lavandero. El impacto del cambio climático en la zona fue evidente: las lagunas de alta montaña y las vegas, vitales para el ecosistema, se están secando debido a la drástica disminución de las precipitaciones nivales.

«Carlos Jiles siempre hacia registros fotográficos de sus salidas, y, gracias a esto, pudimos comparar el paisaje que el observó en 1963, versus lo que observamos en el presente. Aun así, logramos finalmente encontrar la planta luego de un par de días de búsqueda intensiva«, menciona el botánico.

El análisis molecular y morfológico posterior confirmó que se trataba de una especie inédita. No obstante, la alegría del descubrimiento viene acompañada de una preocupación: debido a su distribución extremadamente restringida y a la degradación de su hábitat, la Grausa lutea ha sido categorizada preliminarmente como «En Peligro (EN)» bajo los criterios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN).

La importancia de los herbarios

Este hallazgo pone de relieve el valor incalculable de las colecciones biológicas nacionales. Según los investigadores, los herbarios no son solo depósitos de plantas muertas, sino bancos de datos esenciales para entender cómo ha cambiado la biodiversidad frente al impacto humano.

«El gran trabajo que hizo Carlos Jiles durante sus años de actividad son de tremenda importancia, ya que él fue testigo de un país que ya casi no existe», afirma Lavandero. Sin embargo, el científico también advierte sobre las dificultades para financiar este tipo de investigación en el país. La expedición para encontrar esta nueva especie chilena debió contar con el apoyo del Jardín Botánico de Edimburgo, en Escocia, ante la falta de fondos locales destinados específicamente a exploraciones botánicas de este tipo.


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