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Redes cuidadoras: estudio revela impacto del cuidado en mujeres y la urgencia de corresponsabilidad

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Tiempo de lectura: 2 minutos La investigación analiza cómo la escasa presencia de redes de apoyo y las extensas jornadas dedicadas al cuidado de personas mayores dependientes afectan profundamente la salud física y mental de las mujeres en el país.

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El envejecimiento acelerado de la población en Chile plantea profundos desafíos sanitarios, sociales y de género. De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional de Discapacidad y Dependencia, cerca de un 22% de las personas mayores del país requiere cuidados, existiendo un universo cercano a las 500 mil personas con requerimientos de atención moderada a severa. Ante esta realidad, la tarea recae históricamente sobre las familias y, de manera desproporcionada, sobre las mujeres.

En el programa «MICARE, Ciencia que Cuida» de Cooperativa Ciencia, la socióloga, académica del Instituto de Sociología de la Universidad Católica e investigadora principal de MICARE, María Beatriz Fernández, abordó los resultados del proyecto Fondecyt «Redes Cuidadoras», iniciativa que indaga en los vínculos personales y el capital social de quienes cuidan a padres o madres mayores con dependencia en Santiago.

Una labor «24/7» 

La investigación profundiza en la noción de interdependencia humana y en cómo la experiencia del cuidado transforma la vida cotidiana de las mujeres. Según la evidencia recabada en el estudio, quienes asumen esta responsabilidad reportan dedicar un promedio de 17 horas diarias a estas labores, abarcando desde la asistencia directa hasta la gestión médica y farmacológica.

«El concepto de 24/7 es lo que viven cientos de mujeres que cuidan. Te levantas preocupada de que tome desayuno, de hacer las actividades que indicó el médico, y muchas no logran dormir bien por temor a que la persona sufra una caída o se desoriente», explicó Fernández durante la conversación.

Esta dinámica sostenida desencadena consecuencias notorias en la salud física —como problemas lumbares o la postergación de sus propios controles médicos— y en el ámbito psicológico, donde proliferan la depresión y la sobrecarga. A esto se añade un progresivo aislamiento: a diferencia de la literatura internacional, los datos locales dan cuenta de que las cuidadoras cuentan con redes de apoyo sumamente reducidas, compuestas apenas por una o dos personas significativas.

El rol del apoyo comunitario

El estudio cualitativo evidenció también marcadas brechas según nivel socioeconómico. Mientras en los sectores más acomodados las amistades operan como un espacio de contención emocional, en los sectores vulnerables el tejido barrial resulta determinante para resolver urgencias cotidianas de cuidado compartido. En contraste, la clase media enfrenta una encrucijada crítica.

«El grupo más complejo es la clase media: mujeres de la llamada ‘generación sándwich’, que trabajan remuneradamente, muchas veces son jefas de hogar y cuidan tanto a hijos como a padres mayores sin disponer de tiempo para acceder a redes comunitarias extensas», puntualizó la investigadora.

Frente a este escenario, la especialista subraya la necesidad de acelerar la consolidación de un Sistema Nacional de Apoyos y Cuidados con base comunitaria. «Hay que poner el acento en que el cuidado tiene que ser un derecho donde todas y todos estemos involucrados, y donde no pensemos que solo la familia debe responder, porque en la práctica son las mujeres quienes siguen sosteniéndolo», concluyó Fernández.


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