«Cerebro curioso»: lanzan libro sobre cómo la curiosidad favorece la memoria y el aprendizaje
Tiempo de lectura: 2 minutos La neurocientífica Evelyn Cordero explica por qué sentir curiosidad ayuda a aprender y cómo estimularla durante toda la vida. En su libro, también cuestiona las prácticas educativas que entregan respuestas antes de despertar el interés de los estudiantes.
¿Por qué una pregunta puede mantenernos intrigados durante años? ¿Qué hace que no podamos soltar un libro? En Cerebro curioso, publicado bajo el sello Diana de Editorial Planeta, Evelyn Cordero explora los mecanismos que conectan nuestras ganas de saber con la motivación, el placer y la memoria.
En conversación con Jorge Lira Tomicic en Cooperativa Ciencia, la neurocientífica explicó que esta capacidad no pertenece exclusivamente a la infancia. Aunque sus manifestaciones cambian con la edad, puede acompañarnos en distintas experiencias y etapas.
“Uno puede ser curioso toda la vida”, afirmó. Su propuesta combina investigaciones científicas con episodios personales para mostrar cómo las preguntas orientan nuestra relación con el conocimiento.
Cómo actúa la curiosidad en el cerebro
Cordero distingue dos tipos de curiosidad: la perceptiva, vinculada con la búsqueda de sensaciones, y la epistémica, relacionada con la información. Explorar un sabor desconocido o intentar comprender una idea son expresiones de ese impulso por descubrir.
Según explicó, sentir curiosidad activa mecanismos asociados al circuito de recompensa. En este caso, la recompensa es conseguir el conocimiento que buscamos, lo que moviliza nuestros esfuerzos hacia una respuesta. “Sentir curiosidad y lograr esa respuesta es profundamente placentero”, señaló. Esa combinación permite comprender el entusiasmo que produce una historia cuando queremos conocer su desenlace y disfrutamos el recorrido.
La curiosidad también nos vuelve conscientes de aquello que desconocemos. Sin embargo, no cualquier interrogante despierta ese interés: si una pregunta está demasiado lejos de nuestros conocimientos y resolverla parece imposible, podemos abandonar la búsqueda.
El riesgo de anticipar las respuestas en la sala de clases
La relación entre curiosidad y educación ocupa un lugar importante en el libro. Cordero plantea que el esfuerzo por cumplir el currículum y avanzar en contenidos puede relegar las preguntas de los propios estudiantes. “Nada más desincentivador para el aprendizaje, que la pregunta la haga otro y que además la respuesta te la dé inmediatamente y no te permita seguir ese camino”, sostuvo.
La autora llama a esta situación spoiler epistémico. Así como conocer anticipadamente el final de una historia puede arruinar la experiencia, recibir una solución inmediata puede impedir la exploración, la discusión y la búsqueda de fuentes. Según explicó, ese recorrido está acompañado por mecanismos biológicos que favorecen la memoria. Por eso, propone generar condiciones para que quienes aprenden formulen interrogantes y participen en la construcción de las respuestas.
Como ejemplo, comparó estudiar las partes de una flor mediante una presentación con observarla directamente. El contenido puede ser equivalente, pero la experiencia resulta diferente.
Una capacidad que se puede cultivar
La especialista distingue entre la curiosidad como rasgo de personalidad y como estado temporal. Algunas personas mantienen una disposición habitual a explorar, mientras que otras experimentan ese interés ante un tema, un lugar o una lectura particular.
Hacer preguntas, conocer distintos entornos y practicar la contemplación son formas de estimularla. En la infancia, por ejemplo, observar el paisaje durante un viaje puede abrir oportunidades de descubrimiento.
Cordero también aclaró que es posible aprender sin curiosidad, impulsados por una nota o una obligación laboral. Su aporte distintivo está en el disfrute del proceso.
«Cerebro curioso» ya está disponible en librerías.