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Un científico a bordo de un buque hacia la Antártica: «Un hormiguero flotante»

Cooperativa Ciencia,

Tiempo de lectura: 3 minutos Juan Höfer, investigador de ICEMELT y académico de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), relata los desafíos de coordinar a nueve equipos de investigación y la tecnología utilizada para descifrar los secretos del océano.

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En general cualquier buque, en especial uno que realiza un crucero oceanográfico, funciona como un organismo vivo. Pero no un organismo unipersonal como los humanos, sino un organismo colonial hecho de muchos organismos individuales. Es como una colonia de hormigas, un ente que opera en armonía y al unísono, y que a la vez está compuesto por miles de hormigas. En un buque normal, esto se convierte en un práctica estándar e interiorizada por la tripulación, pero a un barco oceanográfico se añade un elemento de caos: los científicos.

A bordo del buque Almirante Viel viajan nueve equipos de trabajo. A veces, los objetivos, necesidades y preocupaciones de cada uno son complementarios y todo funciona sin sobresaltos, pero lo más común es que haya que alcanzar algún tipo de arreglo o compromiso. Por fortuna, el nuevo buque cuenta con gran cantidad de espacio donde alojar nuestros respectivos instrumentos y laboratorios portátiles. Sin embargo, otra cosa es organizar y priorizar las actividades a bordo, qué zonas se han de muestrear primero, entre otras decisiones.

Recopilación de datos «en tiempo real»

Este trabajo no es menor. Los colegas que estudian los pequeños animales que flotan en el agua, llamados zooplancton, como el krill, deben lanzar redes al agua para capturarlos. Son redes son muy parecidas a las de pesca, pero adaptadas a los organismos de un tamaño menor a 1 mm.

Otro instrumento utilizado por todos los oceanógrafos es la roseta, que se compone de un carrusel de botellas que permiten tomar muestras de agua de mar de diferentes profundidades junto con una sonda que va midiendo las características del agua de forma constante mientras baja y sube en el agua. La roseta del barco nos permite registrar la salinidad, temperatura y concentración de oxígeno presente en el agua y visualizarlo mientras el equipo desciende hacia las profundidades del océano.

Mientras desciende, observamos ilusionados los datos que nos llegan transmitidos en tiempo real por el cable. La forma que tienen las líneas que se van dibujando mientras el equipo desciende nos permite decidir dónde tomar nuestras muestras de agua de mar. Luego, con los datos obtenidos podemos responder las preguntas que vinimos a resolver.

El desafío: La escasez de agua de mar para el muestreo

Otra de las cosas que hemos de organizar es cómo se distribuye el agua de mar que esas botellas transportan desde el fondo marino. Aunque estemos rodeados de agua de mar, siempre hay cierta escasez para cubrir las necesidades de agua de mar de cada uno de los equipos de investigación involucrados. Cada uno necesita volúmenes de agua diferentes y de profundidades a veces coincidentes, o a veces divergentes. Por eso, hay que hacer cálculos y organizar todo bien para que todos los grupos tengan la suficiente agua como para poder tomar sus respectivas muestras. Este ingrato trabajo recae sobre los operadores del SHOA (Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada), quienes con gran habilidad nos apoyan en esta crucial parte del trabajo.

Lo último que debemos organizar es el orden en el que se tomará el agua de las botellas. Esto no es trivial, ya que hay muestras que deben ser tomadas inmediatamente para evitar que se contaminen o alteren y el dato sea de mala calidad. Durante la reunión, se debe organizar también el orden para «ordeñar» agua de cada botella. Luego, sólo queda armarse con los adminículos necesarios (mangueras, pinzas, viales de cristal y guantes), y tomar el agua siguiendo las especificaciones requeridas para las muestras en cuestión.

Ahora, con el agua en nuestro poder, tocar procesar y analizar cada una de las muestras.


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