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Científicos descubren que la visión binocular del degú no es innata: Se construye tras el nacimiento

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Tiempo de lectura: 3 minutos Un estudio descubrió que la capacidad de percibir profundidad no está lista al nacer en este roedor endémico, sino que se construye mediante una sofisticada coordinación entre el cráneo, los ojos y el cerebro durante las primeras semanas de vida.

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Aunque nacer con los ojos abiertos y el cuerpo cubierto de pelo sugiere una madurez temprana, en el caso del degú (Octodon degus), la apariencia engaña. Un estudio liderado por investigadores de la Universidad de Chile, la Pontificia Universidad Católica de Chile (UC) y la Universidad Finis Terrae, demostró que la visión binocular —aquella que permite integrar las imágenes de ambos ojos para percibir profundidad— es un proceso dinámico que termina de «ensamblarse» fuera del útero.

La investigación, publicada en la revista científica PNAS, no solo arroja luz sobre la biología de este roedor que habita entre Vallenar y Curicó, sino que propone un nuevo modelo para entender cómo distintas especies logran ver el mundo en tres dimensiones.

Para el equipo liderado por Alfonso Deichler, Macarena Ruiz-Flores, Macarena Faunes y Gonzalo Marín, todo comenzó con una observación: los ojos de los degús recién nacidos no estaban en la misma posición que los de los adultos. «Aunque las crías de degú nacen muy maduras, con pelo y los ojos abiertos, su forma de ver el mundo todavía no es adulta. Ya responden a estímulos visuales, pero durante las primeras semanas de vida se va construyendo la capacidad de usar ambos ojos de manera integrada«, explica la Dra. Macarena Faunes, bióloga de la Escuela de Medicina Veterinaria UC e investigadora del Núcleo Milenio EVOTEM.

Nacer con los ojos abiertos no es suficiente para ver el mundo

El estudio determinó que, al quinto día de vida, el campo visual binocular del degú mide apenas 25,5°. Sin embargo, a los treinta días, este se expande hasta los 54,2°, alcanzando casi los 60° en la adultez. Este cambio ocurre porque las órbitas del cráneo rotan progresivamente, moviendo los ojos hacia una posición que permite una mayor superposición de los campos visuales.

Además de los cambios óseos, la retina también experimenta una reorganización. La zona de alta agudeza visual, que al nacer ocupa gran parte de la superficie retiniana, se concentra en el adulto hasta cubrir solo el 20%, permitiendo una visión mucho más precisa y especializada.

Pruebas de supervivencia

Para confirmar que estos cambios anatómicos tenían un impacto real en la vida del animal, los científicos diseñaron pruebas conductuales que emulan los desafíos del entorno natural del degú. Utilizando una plataforma de vidrio con un «abismo visual» (un lado profundo y uno poco profundo), observaron que las crías de menos de nueve días cruzaban al vacío sin dudarlo. Solo a partir del día quince, los pequeños roedores comenzaron a detenerse ante el borde, demostrando que finalmente habían desarrollado la percepción de profundidad.

Otra prueba clave fue la respuesta ante depredadores. Al proyectar una sombra que simulaba un ave de rapiña, las crías más jóvenes se quedaban inmóviles (parálisis por miedo), mientras que, a partir de las dos semanas de vida, el patrón cambiaba drásticamente hacia el escape.

«Nuestro estudio muestra que esa relación entre la posición de los ojos y la binocularidad se observa también durante la maduración de un individuo. En el degú, los ojos y las órbitas cambian de posición después del nacimiento, y esas transformaciones ocurren en paralelo con el aumento del campo binocular superior«, destaca la investigación.

Un espejo de la evolución desde Chile central

Durante décadas se pensó que la posición de los ojos era una característica fija de cada especie, pero este trabajo demuestra que el desarrollo individual (ontogenia) refleja de cierta forma los cambios evolutivos de la especie.

Actualmente, el grupo de investigadores busca determinar si este mecanismo de coordinación entre el cráneo y el sistema visual es una regla general en otros mamíferos. Además, exploran una hipótesis fascinante: que el propio crecimiento y movimiento del ojo podría estar ejerciendo fuerzas mecánicas que moldean el cráneo durante el desarrollo.


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