La estructura imponente del pewén, con alturas que pueden llegar hasta los 50 metros, contrasta con la fragilidad actual en la que vive por amenazas como la fragmentación de su hábitat, los incendios forestales, la deforestación y las plantaciones exóticas.
A eso se suma el cambio climático, que pone a prueba la capacidad de adaptación de esta especie emblemática del sur de Chile -y también de Argentina- a las condiciones ambientales actuales y del futuro.
Esta especie, monumento nacional y árbol sagrado para el pueblo mapuche, ocupa una superficie aproximada de 215 mil hectáreas -cerca de un 1.5% del bosque nativo- distribuidas en la cordillera costera y andina entre las regiones del Biobío y Los Ríos.
Usando herramientas como la modelación de distribución de especies, la genómica del paisaje y experimentos de jardín común en vivero, las y los investigadores buscan comprender el potencial adaptativo de este árbol frente al cambio climático.
La idea es conocer mejor, desde distintas aproximaciones, la resiliencia actual y futura de la araucaria, con la idea de priorizar acciones de conservación.
«Cuando hablamos de potencial adaptativo, nos referimos la posibilidad real de que una especie pueda enfrentar condiciones climáticas distintas a las actuales«, explica el académico de la Facultad de Ciencias Forestales, Rodrigo Hasbún Zaror.

Crédito: Esteban Paredes Drake/DirCom UdeC.
El líder del Laboratorio de Epigenética Vegetal afirmó que «hay varias especies que están acusando los efectos del cambio global, incluidos árboles muy longevos que empiezan a mostrar signos de decaimiento». Una de ellas es la araucaria.
A veces los impactos se expresan de forma leve y los árboles «se adaptan localmente» a las alteraciones de su hábitat; pero hay casos en que el daño es tan severo que puede provocar una extinción a nivel local.
No es que se extinga la especie: desaparece en ciertos lugares, detalló Hasbún.
El especialista recordó la alarma que se produjo hace 10 años con el daño foliar de la araucaria (DFA), una patología desconocida entonces, aparentemente producida por hongos patógenos, como se demostró tras varios años de investigación.
La enfermedad, que se manifestaba necrosis y secado de ramas y que llegó a afectar a cerca del 85% de los árboles del país, tenía entre sus causas variables ambientales atribuibles al cambio climático.
Por eso interesa conocer la capacidad de adaptación de esta conífera, a la que se considerada un «fósil viviente», por sus orígenes que se remontan a unos 240 millones de años, cuando los dinosaurios comenzaban a poblar la Tierra.
«En especies que pueden vivir cientos e incluso miles de años, los efectos del cambio climático se acumulan lentamente y pueden tardar décadas en hacerse evidentes», señaló.
Escenarios futuros
En este contexto, la modelación permite anticipar escenarios futuros, identificar poblaciones especialmente vulnerables y orientar medidas de conservación antes de que los efectos sean irreversibles.
La de Villarrica destaca como una de las áreas que requerirán especial atención en el corto plazo, porque la situación de aislamiento reduce la variabilidad de genes y, con ello, su repertorio de respuestas a los cambios.
En los casos de mayor vulnerabilidad, la ciencia ofrece soluciones como el flujo génico, que consiste en movilizar alelos (variantes de los genes) de interés hacia áreas potencialmente más vulnerables, por ejemplo, a través de semillas que contengan las aptitudes necesarias para establecerse en el lugar y crecer en las condiciones ambientales que se proyectan.

Crédito: Esteban Paredes Drake/Dircom UdeC.
Otra posibilidad es la migración asistida, donde se trasladan individuos de la población en riesgo a lugares con condiciones que pueden ser óptimas para su crecimiento en el futuro. Ya hay una experiencia de araucarias llevadas a Aysén, donde no existe naturalmente, contó el académico.
La última alternativa es la reproducción ex situ (fuera de su hábitat natural), con cultivos en condiciones protegidas como invernaderos o jardines botánicos.
Transferencia de semillas
Dentro de las investigaciones, los expertos elaboraron mapas de transferencia de semillas, con franjas que establecen compatibilidad entre zonas «donantes» y «receptoras» que, en general, reducen el riesgo de utilizar material genético poco adaptado al sitio de destino.
En el caso de Villarrica, las posibilidades de zonas donantes son restringidas o nulas, en parte por su falta de conectividad histórica con otras poblaciones, lo que ha reducido la oferta de alelos necesarios para el futuro.
Y así, como existen zonas altamente vulnerables, también hay áreas de alta diversidad, que se conocen como refugios glaciares, porque constituyen un reservorio de las variantes de genes que permite que una población se adapte mejor a cambios ambientales o enfermedades.
Las poblaciones de la cordillera costera de Nahuelbuta están en esa calificación, pero no significa que el material genético que guarda sea una solución a todo evento, porque las araucarias de la costa no son iguales a las andinas. De hecho, tienen características notorias que las distinguen.
En experimentos de jardín común en vivero con semillas tomadas en poblaciones de araucaria de distintas procedencias, se observó que, a pesar de estar sometidas a las mismas condiciones ambientales, las plantas expresaron sus particularidades morfológicas y fisiológicas.

Crédito: Esteban Paredes Drake/DirCom UdeC.
Esto sugiere que este árbol tiene una fuerte adaptación local y, por ello, tiene una plasticidad limitada para modificar sus características en respuesta a los cambios en su entorno.
«Esto nos ayuda a confirmar que mover semillas y plantas de una zona a otra no es una decisión trivial. Una población puede estar adaptada a condiciones muy específicas y perder desempeño si es trasladada a un ambiente distinto al que no está adaptada», señaló Hasbún.
Durante décadas, muchas iniciativas utilizaron semillas como estrategia de conservación, considerando principalmente la cercanía geográfica o la disponibilidad; pero hoy se sabe que eso podría no ser suficiente bajo escenarios de cambio climático.

Crédito: Esteban Paredes Drake/DirCom UdeC.
«Las estrategias de restauración deben incorporar información genética y climática. No basta con plantar árboles; debemos pensar qué poblaciones tendrán mayores probabilidades de sobrevivir en el futuro», explica Hasbún.
El académico indicó que este tipo de estudios ayudan a proyectar los efectos del estrés ambiental en la araucaria, siempre con el desafío de continuar avanzando en el conocimiento de la especie.
En este punto, el especialista remite a la situación del daño foliar de la araucaria, donde -a su juicio- se generó una suerte de competencia entre instituciones por llegar primero a determinar la causa del problema y se perdió la oportunidad de crear una infraestructura permanente para estudiar este tipo de problemas.
«La idea es abordar estos estudios de forma multidisciplinaria e interinstitucional, uniendo las capacidades que están distribuidas en distintas partes del país detrás de un solo objetivo», puntualizó.