Mapean por primera vez redes de hongos del planeta: Se extienden por más de 110 cuatrillones de kilómetros
Tiempo de lectura: 2 minutos Un equipo internacional de científicos cartografió más de 110 cuatrillones de kilómetros de redes fúngicas subterráneas, destacando el rol de estos organismos en la captura de carbono y la salud de los ecosistemas.
Por primera vez, un estudio publicado en la revista Science logró cartografiar las redes de hongos micorrícicos a nivel global, revelando una infraestructura biológica de aproximadamente 110 cuatrillones de kilómetros.
Esta red es fundamental para la supervivencia del 70% de las especies vegetales del planeta. La investigación fue liderada por la organización SPUN (Society for the Protection of Underground Networks) y contó con el análisis de más de 16.000 muestras de suelo de diversos continentes, procesadas mediante modelos de aprendizaje automático y tecnologías de imagen avanzada.
Para el Dr. Luis Larrondo, director del Instituto Milenio de Biología Integrativa (iBio), este trabajo es un hito para la ecología moderna. «Uno de los grandes desafíos de la ecología es que muchos de los procesos que soportan los ecosistemas ocurren fuera de nuestra vista. Este estudio logra poner cifras concretas a una infraestructura biológica, cuya magnitud era extremadamente difícil de imaginar«, destaca el investigador.
Un cambio de paradigma en la ecología terrestre
Al visualizar estas redes, los científicos pueden entender mejor cómo se intercambian nutrientes, agua y carbono entre las plantas y el suelo.
Según Larrondo, este mapeo permite dejar de ver los bosques o praderas como simples agrupaciones de plantas y comenzar a entenderlos como redes complejas de intercambio de recursos. En esta simbiosis, los hongos micorrícicos arbusculares funcionan como una extensión de las raíces: ayudan a las plantas a absorber agua y fósforo, mientras que los hongos reciben el carbono que las plantas generan a través de la fotosíntesis.
El rol de los hongos en la crisis climática
Las micorrizas actúan como un sumidero natural de carbono, transportando el CO2 capturado por la atmósfera hacia las profundidades del suelo, donde puede permanecer almacenado por largos periodos, mitigando así el calentamiento global.
«Las micorrizas no son una solución mágica frente al cambio climático, pero sí constituyen un componente fundamental y frecuentemente subestimado del ciclo global del carbono», afirma Larrondo. El director de iBio agrega que entender estos procesos es clave para desarrollar modelos climáticos más precisos y estrategias de conservación que no solo protejan lo que vemos sobre la superficie.
Sin embargo, el informe de SPUN también lanza una advertencia sobre la intervención humana. Los datos muestran que los suelos agrícolas poseen una densidad significativamente menor de hifas (los filamentos que forman el cuerpo del hongo) en comparación con los ecosistemas vírgenes. El uso intensivo de fertilizantes químicos, pesticidas y la degradación del suelo están rompiendo estos hilos invisibles que mantienen la productividad de la tierra.
La conclusión de los expertos es clara: para proteger el futuro de nuestra biodiversidad, la conservación debe enterrar sus raíces. «Bajo cada bosque, pradera o humedal existe una biodiversidad invisible que sostiene procesos esenciales para la vida. Proteger los ecosistemas implica también resguardar esa dimensión oculta que ocurre bajo nuestros pies», sentencia el investigador de iBio.