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Gabriel León explica por qué el cerebro ama las teorías conspirativas

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Tiempo de lectura: 2 minutos El bioquímico y divulgador chileno presenta su nuevo libro «Teorías conspirativas: La ciencia detrás de la creencia», donde analiza los mecanismos evolutivos y psicológicos que impulsan a desconfiar de la versión oficial.

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¿Por qué resulta tan fascinante creer que un grupo de poderosos controla el mundo desde las sombras? ¿Es la llegada del ser humano a la Luna un montaje? ¿Existe una verdad oculta tras la muerte de figuras públicas? Estas son algunas de las preguntas que Gabriel León, bioquímico y divulgador científico, aborda el libro «Teorías conspirativas: La ciencia detrás de la creencia» (Ediciones B).

En conversación con Cooperativa Ciencia, el autor explica que estas teorías no son simplemente errores de juicio, sino narrativas «tremendamente ricas» que ofrecen consuelo emocional ante hechos azarosos o inexplicables que la realidad, muchas veces, no logra satisfacer.

De acuerdo con el científico, la tendencia a creer en conspiraciones está arraigada en la neurobiología desde hace 200.000 años. La desconfianza y el miedo fueron herramientas fundamentales para la supervivencia. «Aquellos que tenían más desconfianza o sentían más miedo tenían mayor probabilidad de sobrevivir. (…) Los que eran completamente confiados desaparecieron hace rato», señala León.

El miedo y la desconfianza como herramientas de supervivencia

«Esa desconfianza se sigue manifestando hoy, por ejemplo, el deterioro de la confianza en las instituciones, en lo que dice la ciencia, el Estado, las empresas», enfatiza el autor. Al abrazar una teoría conspirativa, el individuo experimenta lo que León llama sensación de «superioridad epistémica».

Además, el autor aclara que, si bien plataformas como X (antes Twitter) o Facebook han aumentado la velocidad y el alcance global de estas historias, la evidencia científica sugiere que la adherencia —es decir, la cantidad de personas que realmente cree en ellas— no ha aumentado significativamente en comparación con las décadas de los 80 o 90.

¿Por qué la inteligencia no nos protege?

León destaca que investigaciones de la última década demuestran que no existe un vínculo directo entre la falta de información y la creencia en conspiraciones.

«Las personas que creen en teorías de conspiración y que tienen mayor nivel educativo generan teorías conspirativas que son mucho más complejas, porque manejan más información«, explica el bioquímico. En este sentido, el motor de la creencia no sería la ignorancia, sino una forma de interpretar el mundo basada en la necesidad de control, la búsqueda de certidumbre y la urgencia de asignar culpas a un agente específico ante situaciones de crisis.

El libro «Teorías conspirativas: La ciencia detrás de la creencia» disecciona casos icónicos como el terraplanismo, los chemtrails o la muerte de Lady Di. Además, ofrece herramientas para contrarrestar los efectos nocivos que estas ideas pueden tener en la salud pública y la cohesión social.

 

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