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Yoga y neurociencia: Cómo esta práctica milenaria transforma el cerebro y regula las emociones

Yoga y neurociencia: Cómo esta práctica milenaria transforma el cerebro y regula las emociones

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Tiempo de lectura: 3 minutos Desde la activación de ondas alfa hasta la regulación del sistema nervioso, la experta en neurociencia Tatiana Alarcón desglosa por qué esta disciplina es una herramienta clave contra el burnout y el multitasking.

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El yoga no es solo una práctica de más de 4.500 años de antigüedad; hoy, la ciencia moderna la sitúa bajo la lupa para entender su impacto en la salud mental. En un mundo donde el estrés crónico y el burnout se han vuelto cada vez más comunes, la neurociencia ha comenzado a validar lo que los practicantes han experimentado por milenios: la capacidad de reconfigurar la actividad cerebral para alcanzar un estado de calma profunda.

Según Tatiana Alarcón, fonoaudióloga de la Universidad de Chile y Máster en Neuroeducación, en el día a día, la actividad mental es como un piano en el que se tocan todas las teclas al mismo tiempo, generando ruido. Sin embargo, al poner el foco en la respiración y el movimiento consciente, el cerebro comienza a silenciar áreas dispersas y a concentrar su actividad en zonas prefrontales, vinculadas al control ejecutivo.

«Cuando le ponemos un foco corporal, la actividad empieza a sonar de manera más armónica y se gesta una melodía», explica a Cooperativa Ciencia la docente del Diplomado en Corporalidad, Mindfulness y Neurociencia del Instituto Mindfulness. Este proceso activa las ondas alfa, patrones eléctricos cerebrales asociados a estados de relajación profunda y meditación. Además, la práctica fomenta la transición hacia un modo parasimpático, el sistema encargado de la restauración, la calma y la recuperación biológica de los tejidos.

La especialista destaca que la respiración cumple un papel importante para gestionar la actividad cortical, que está relacionada con la memoria, el lenguaje y la atención. «Si empiezo a calmar mi respiración, no solo puedo empezar a entrenar a mi sistema nervioso para estar en un modo más restaurativo, sino que también voy preparando la mente para entrar en un estado de atención«.

La neurociencia del yoga

Mirar el yoga desde la neurociencia ha sido uno de los objetivos de Tatiana Alarcón en los últimos años. Todo comenzó a raíz de una crisis: «Llegué en algún momento de la vida al burnout por exceso de carga. En ese quiebre personal llegué a mi primera práctica, hace ya más o menos 14 años, intentando calmar mi mente porque estaba en un momento de mucha ansiedad, de mucha aceleración», relata.

Tras formarse como instructora, Alarcón se percató de que existía una falta de conocimiento sobre los procesos cerebrales que suceden en la práctica del yoga. «Se le daba mucha importancia a la anatomía, a la columna, a la rodilla, al menisco, que es algo que es sumamente importante, pero me faltaba la explicación más allá de la filosofía para poder entender por qué uno se sentía mejor después de la práctica», señala. Eso la condujo a profundizar en el yoga desde la neurociencia.

Postura y emociones: La unidad mente-cuerpo

Uno de los aspectos más fascinantes que aborda la neuropsicología es la intercepción o la escucha de las señales internas. Alarcón señala que no existe una división real entre mente y cuerpo; la postura influye directamente en cómo percibimos el entorno.

«Hoy la ciencia demuestra que posturas encorvadas con mayor flexión de columna se asocian a una percepción del entorno más negativa y a estados afectivos que impactan el bienestar», afirma. Por el contrario, las aperturas de pecho —comunes en el yoga— pueden catalizar la liberación emocional. Esto explica por qué muchos practicantes experimentan ganas de llorar o sensaciones de vulnerabilidad durante ciertas posturas: el cuerpo, al sentirse en un lugar seguro, permite que la emoción se despliegue.

¿Es el yoga una práctica para todos?

A pesar de sus beneficios, la experta es enfática: el yoga no es una panacea ni reemplaza la terapia médica. En casos de cuadros psiquiátricos agudos, como depresiones severas, crisis de trauma o bipolaridad, Alarcón recomienda primero una estabilización clínica y farmacológica.

«El yoga es un súper buen compañero, pero no en el momento más agudo. Una vez que el cuadro está estable, la práctica puede disminuir significativamente las posibilidades de recaídas», advierte.

Para quienes deseen comenzar, la oferta es amplia, desde el Iyengar (focalizado en alineación e implementos) hasta el Vinyasa (más dinámico). El consejo de la especialista es simple: «Comienza donde estás. Si hay alguna escuela o algún lugar que te haga sentido y que sientas cierta conexión con tu profesor, ve ahí, porque él va a adaptar las posturas, te va a escuchar y va a tener apertura a como tú llegues a la práctica».


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