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«Ecología vivencial»: El poder de las comunidades locales para conservar el mar chileno

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Tiempo de lectura: 3 minutos Expertos destacan que la clave para proteger los ecosistemas marinos de Chile no solo está en la ciencia académica, sino en la «ecología vivencial» de las comunidades costeras.

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El océano cubre más del 70% del planeta, siendo el sustento vital de la humanidad. Sin embargo, las cifras revelan que el 90% de las grandes especies de peces han mermado y el 50% de los arrecifes de coral han sido destruidos. Ante esta crisis de sobreexplotación, Chile —con sus más de 6 mil kilómetros de costa— surge como un escenario para rediseñar la relación entre el ser humano y el mar.

Para los especialistas, la respuesta a estas amenazas reside en quienes habitan el borde costero. Gonzalo Saavedra, antropólogo y director del Instituto de Estudios Antropológicos de la Universidad Austral de Chile (UACh), explica que las comunidades locales poseen una «ecología vivencial». Este concepto se refiere a un saber práctico y conceptual, arraigado por generaciones, que ha demostrado ser capaz de sostener equilibrios fundamentales para la vida marina.

«Crecientemente, en distintos puntos de la costa, comunidades de mujeres y hombres se organizan para activar redes locales de comercialización bajo la idea de que los mercados de proximidad implican una menor presión extractiva«, señala Saavedra.

Saberes ancestrales frente a la presión del mercado

Saavedra, quien lidera el proyecto Fondecyt Regular «Grandes hombres y grandes mujeres en el espacio marino-costero», advierte que la política pública suele ver al mar como una fuente de materias primas para exportación, lo que erosiona los saberes locales.

Un ejemplo emblemático ocurre en el archipiélago de Calbuco con el chaitún, un surtido de mariscos extraídos de forma sustentable por mujeres de islas como Puluqui y Tabón. El investigador afirma que este recurso no solo es la base alimentaria local, sino un modelo de «marisquería sustentable» con baja huella ambiental.

Situaciones similares se replican en Los Vilos, donde pescadores jubilados «participan activamente en los debates sindicales y en las organizaciones changas fomentando una pensamiento reflexivo sobre las acciones ecológicas fundamentales para proteger y cuidar los bosques de huiros«. Estos ecosistemas de algas pardas son esenciales para la reproducción de moluscos, pero enfrentan una demanda internacional masiva que amenaza su persistencia.

Gobernanza y «Economía Azul»

Manuela Erazo, coordinadora nacional del Proyecto GEF Gobernanza Marino Costera —programa de financiamiento para administración de ecosistemas marinos implementado por la FAO y el Ministerio del Medio Ambiente—, enfatiza que las estrategias de conservación son mucho más efectivas cuando incorporan las necesidades y experiencias de quienes dependen del mar.

«Las comunidades locales desempeñan un papel fundamental, ya que aportan conocimientos del territorio y promueven prácticas sostenibles«, afirma Erazo. Entre los hitos recientes del Proyecto GEF Gobernanza Marino Costera destacan la legalización de la pesca del puye en Puerto Raúl Marín Balmaceda y el monitoreo ciudadano en el Área Marina Costera de Múltiples Usos (ACMU) Pitipalena Añihue, donde los propios habitantes identificaron 43 especies clave.

A lo anterior se suman los fondos de «economía azul» en Caleta Los Bronces y Los Choros, y la protección del Archipiélago de Humboldt. Además, herramientas educativas como la guía «Aprender para proteger» buscan que las nuevas generaciones de las comunidades educativas costeras se certifiquen ambientalmente, asegurando que el legado de protección marina perdure en el tiempo.

Refugios Marinos: Un modelo de éxito en la costa chilena

Rodrigo Sánchez Grez, director ejecutivo de Fundación Capital Azul, destaca que «la conservación que se diseña únicamente desde un escritorio o impuesta desde arriba, sin legitimidad social, está destinada al fracaso. Es lo que se conoce como ‘parques de papel».

Para Sánchez, los pescadores artesanales son actores con una relación histórica con el océano. «Considerar a las comunidades permite alinear los incentivos. Cuando la comunidad local participa en el diseño de un área protegida o un Refugio Marino, el cuidado de la naturaleza se transforma en un motor de desarrollo local y de orgullo identitario», señala.

Chile ya cuenta con ejemplos concretos de este enfoque. Desde la Fundación Capital Azul, han impulsado Refugios Marinos en alianza con la pesca artesanal en localidades como Zapallar, Ventanas, Maitencillo y Huiro. Estos refugios son áreas de no extracción de unas 15 hectáreas ubicadas dentro de las Áreas de Manejo (AMERB).

Según los monitoreos de biodiversidad, a partir del quinto año se observan mejoras en peces de roca y macroalgas. «En Zapallar y Ventanas hemos visto la drástica disminución de los erizos negros, aumentando depredadores naturales de ellos como las estrellas, y al mismo tiempo aumentando la cobertura de macroalgas«, comenta Sánchez.

Pero el impacto va más allá. «Hemos visto cómo se fortalece el tejido social y las relaciones en una misma comunidad, y también se abren oportunidades teniendo al Refugio Marino como un motor de desarrollo de economías locales sostenibles como el turismo, el buceo, la investigación y la educación ambiental», concluye Sánchez.


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