Investigación revela que escolares chilenos piden más juegos, naturaleza y afecto
Tiempo de lectura: 3 minutos «Escuchar genuinamente a la infancia no es solo un imperativo ético derivado de sus derechos, sino también una vía muy directa para mejorar la calidad de la educación que les ofrecemos», comentó la profesora líder del estudio, Mónica Manhey.
Uno de los hallazgos es que los principales anhelos expresados por las niñas y niños coinciden con aquello que la evidencia científica internacional identifica desde hace años como una educación de calidad durante la primera infancia: más juego, mayor contacto con la naturaleza y vínculos afectivos cálidos.
«La pregunta que nos deja el estudio no es técnica, sino política: si sabemos lo que necesitan y lo que ellos mismos piden, ¿por qué seguimos sin traducir eso en cambios concretos en el currículo escrito y vivido? Escuchar genuinamente a la infancia no es solo un imperativo ético derivado de sus derechos, sino también una vía muy directa para mejorar la calidad de la educación que les ofrecemos», comentó la profesora Mónica Manhey.
Investigación
Para desarrollar la investigación, que además tuvo la activa participación de las estudiantes de quinto año de Pedagogía en Educación Parvularia, Sofía Espinosa, Aylene Lazo y Camila Villalobos, integrantes del Núcleo de Investigación en Primera Infancia y Políticas Públicas, se seleccionó intencionalmente una muestra que intentara representar realidades educativas diversas en la Región Metropolitana.
Así, los los criterios de inclusión consideraron la participación de niñas y niños de entre 4 y 8 años que cursaban segundo nivel de transición, primero o segundo básico.
También, la muestra buscó incorporar paridad de género, diversidad sociocultural, así como diversidad territorial y socioeconómica.
Por último, los establecimientos escogidos fueron públicos y privados de comunas tan distintas como Pedro Aguirre Cerda, Cerro Navia, Puente Alto, Vitacura y Ñuñoa.
«Inicialmente proyectamos una muestra de 60 participantes, pero en terreno alcanzamos 105, ello debido al entusiasmo de los niños y niñas y la apertura a las educadoras y direcciones de los establecimientos», relató Manhey.
¿Qué dijeron niñas y niños?
Lo primero que hay que destacar es que, el estudio confirma que las niñas y niños, desde los 4 años, son capaces de formular críticas fundamentadas y propuestas de transformación educativa cuando se generan condiciones adecuadas para que se expresen. Lenguaje sencillo, respetar sus ritmos y aplicar técnicas lúdicas que reduzcan la asimetría de poder entre las personas adultas que investigan y quienes participan del estudio, son algunas de ellas.
Las entrevistas se realizaron sin la presencia de sus educadoras o educadores, con el propósito de que las niñas y niños se sintieran libres de expresar sus opiniones. Las preguntas abordaron lo que más y menos les gustaba de su jardín infantil o colegio, cómo imaginaban su establecimiento ideal, cómo les gustaría aprender y qué les dirían a sus educadoras sobre la manera de realizar las clases.
En primer lugar, se identificó lo que más valoran de su experiencia educativa actual. El juego apareció de manera transversal como el elemento central –«me gusta jugar en el patio con mis amigos»-, junto con los vínculos afectivos con sus educadoras, a quienes se refirieron como «las tías», y el deseo de «que digan cosas bonitas».
En segundo lugar, surgieron críticas relacionadas con recreos que consideran demasiado breves, patios de cemento con pocos elementos naturales –«casi no tenemos piedras… es pasto falso»-, conflictos entre compañeras y compañeros, y una cantidad de tareas que perciben como excesiva.
Finalmente, las niñas y niños expresaron sus anhelos de transformación: más naturaleza y espacios para jugar, infraestructura lúdica como columpios y juguetes, y elementos propios de su cultura infantil como videojuegos y personajes de fantasía. Estas respuestas reflejan su deseo de incorporar aventura, juego y sorpresa en el aprendizaje.
Sin tanta evidencia
«Que este tipo de investigación sea poco frecuente -sobre todo en Chile y América Latina- responde a una tradición adultocéntrica que históricamente ha tratado a la infancia desde la lógica de la ‘incompletitud’, como sujetos en preparación para la vida adulta y no como actores sociales con opinión propia y válida hoy», comentó la profesor Manhey.
A esto se suman obstáculos concretos. La investigación con niñas y niños pequeños exige protocolos éticos rigurosos, tiempo, recursos y formación especializada para realizarla adecuadamente, condiciones que muchas veces desalientan a los equipos de investigación.
Puedes revisar las conclusiones del estudio aquí.