Las bacterias de una planta nativa chilena potenciarían la resistencia de cultivos a la sequía
Tiempo de lectura: 2 minutos Investigadores identificaron microorganismos en las raíces de una especie del litoral central que actúan como un «escudo metabólico», potenciando la resistencia hídrica en portainjertos de sandías y melones.
Un equipo de científicos del Centro de Estudios Avanzados en Fruticultura (CEAF) logró identificar bacterias extremófilas en una planta nativa chilena, capaces de «entrenar» a cultivos agrícolas para sobrevivir con niveles mínimos de agua.
La investigación, liderada por el Dr. Ariel Salvatierra, investigador principal de la Línea de Investigación Hortícola del CEAF, fue publicada en la revista científica Plants. El estudio demuestra cómo el microbioma de la flora silvestre nacional puede reprogramar la respuesta al estrés hídrico en especies de importancia comercial.
La investigación se centró en la Sicyos baderoa, conocida popularmente como «calabacillo» o «sapac-llanco». Esta hierba trepadora es la única cucurbitácea descrita como nativa de Chile y habita principalmente en zonas costeras desde Arica hasta la Región Metropolitana. Su capacidad para prosperar en suelos salinos y con bajísima disponibilidad de agua llamó la atención de los expertos.

Un escudo metabólico en el litoral
Según explica el Dr. Salvatierra, la clave de su supervivencia está en su rizósfera: el ecosistema de microorganismos que rodea sus raíces. «Pensamos que podría ser una fuente de microorganismos benéficos, ya que son plantas que crecen en condiciones de estrés extremo», señala el científico.
El equipo realizó expediciones desde la desembocadura del río Limarí hasta Mantagua, logrando aislar cuatro bacterias extremófilas. Estos microorganismos actúan como un escudo metabólico, entregando señales químicas y moléculas a la planta que la preparan para enfrentar la adversidad ambiental, un proceso que los investigadores comparan con un entrenamiento fisiológico.
De la flora silvestre a la producción agrícola
Para comprobar la efectividad de estas bacterias nativas, los investigadores las aplicaron en portainjertos de Lagenaria siceraria (utilizados comúnmente para la producción de sandías y melones). Se utilizaron dos variedades locales: una proveniente de Illapel y otra de Osorno, las cuales fueron sometidas a un déficit hídrico controlado durante 45 días en invernaderos.
Los resultados revelaron estrategias de defensa diferenciadas según la genética de la planta. La variedad de Illapel mostró una alta sensibilidad inicial a la sequía, pero reaccionó de forma excepcional a la inoculación microbiana, recuperando su capacidad de fotosíntesis y acumulando mayor biomasa.
Por otro lado, la variedad de Osorno presentó una mayor estabilidad basal. En este caso, las bacterias no estimularon un crecimiento explosivo, sino que funcionaron como estabilizadores metabólicos, manteniendo los niveles de clorofila y la salud de la planta.

Biotecnología local frente al cambio climático
Este hallazgo abre una puerta hacia una agricultura más sustentable. Al utilizar bioestimulantes derivados de plantas nativas, se reduce la dependencia de insumos químicos y se mejora la resiliencia de los cultivos locales ante el calentamiento global.
«Este estudio es consistente con lo que sabemos: no todas las plantas responden igual a un mismo microorganismo«, concluye Salvatierra.