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El telescopio James Webb detecta la evidencia más clara de una atmósfera en un exoplaneta rocoso

El telescopio James Webb detecta la evidencia más clara de una atmósfera en un exoplaneta rocoso

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Tiempo de lectura: 2 minutos El observatorio espacial reveló que la «super tierra» TOI-561 b, un mundo de magma ultracaliente, está envuelto por una densa capa de gases, desafiando las teorías actuales sobre la formación planetaria en condiciones extremas.

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Un equipo internacional de astrónomos, liderado por la Universidad de Birmingham (Reino Unido) y con observaciones del Telescopio Espacial James Webb (JWST), logró un avance en la exploración del cosmos. Se trata del hallazgo de la evidencia más sólida hasta la fecha de la existencia de una atmósfera en un exoplaneta rocoso fuera del sistema solar.

El protagonista de este descubrimiento es TOI-561 b, una «super tierra» ultracaliente que orbita peligrosamente cerca de su estrella. Según los resultados publicados este jueves en la revista The Astrophysical Journal Letters, este planeta no es una simple roca inerte, sino un mundo complejo rodeado por una gruesa capa de gases que cubre un océano global de magma, un escenario que los científicos describen como una «bola de lava húmeda».

Con un radio 1,4 veces mayor que el de la Tierra, TOI-561 b pertenece a la rara categoría de exoplanetas de período ultracorto: tarda menos de 11 horas en dar una vuelta completa a su estrella. Al orbitar a tan solo 1,6 millones de kilómetros de su sol —una distancia ínfima en términos astronómicos—, su temperatura superficial supera el punto de fusión de la roca.

Un enigma de baja densidad en la Vía Láctea

Sin embargo, lo que desconcertaba a los investigadores era su densidad. «Lo que realmente distingue a este planeta es su densidad anómalamente baja. Es menos denso de lo que esperarías si tuviera una composición similar a la de la Tierra», explicó Johanna Teske, autora principal del estudio e investigadora del Laboratorio de Ciencias de la Tierra y los Planetas de Carnegie Science.

El estudio sugiere que esta anomalía se debe a su origen. El planeta orbita una estrella muy antigua, pobre en hierro y con el doble de edad que nuestro Sol, ubicada en una región de la Vía Láctea conocida como el «disco grueso«. Esto indica que TOI-561 b se formó en un ambiente químico muy distinto al de nuestro sistema solar, posiblemente cuando el universo era aún relativamente joven.

El James Webb y la «bola de lava húmeda»

La teoría predominante dictaba que un planeta pequeño, sometido durante miles de millones de años a una radiación estelar tan abrasadora, debería haber perdido su atmósfera hace mucho tiempo, quedando como una roca desnuda. Para poner a prueba esta hipótesis, el equipo utilizó el instrumento NIRSpec (Espectrógrafo de Infrarrojo Cercano) del James Webb para medir la temperatura del lado diurno del planeta.

Los datos indican que, si TOI-561 b fuera una roca sin aire, su temperatura debería rondar los 2.700 °C. Sin embargo, las observaciones mostraron una temperatura de 1.800 °C. Aunque sigue siendo extremadamente caliente, es mucho más frío de lo esperado. Esta diferencia térmica es la «pistola humeante» que delata la presencia de una atmósfera capaz de redistribuir el calor o reflejar la energía.

El investigador de la Universidad de Groningen (Países Bajos) y coautor del estudio, Tim Lichtenberg, ofrece una explicación visual del fenómeno: «Creemos que hay un equilibrio entre el océano de magma y la atmósfera. Mientras los gases salen del planeta para alimentar la atmósfera, el océano de magma los absorbe de nuevo hacia el interior».

Este ciclo constante de emisión y absorción de gases volátiles es lo que permite que la atmósfera subsista pese a la radiación extrema. «Este planeta debe ser mucho, mucho más rico en volátiles que la Tierra para explicar las observaciones. Es realmente como una bola de lava húmeda», concluye Lichtenberg.


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